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Atacar la cumbre


PABLO:  (afectado) Llevábamos días esperando que mejorara el tiempo. Por fin, el jueves 21 el viento aflojó. No era un buen día, pero al menos había dejado de azotarnos aquel viento huracanado. Y eso nos animó. Las previsiones meteorológicas para el resto de la semana no eran optimistas, así que se nos presentaba una oportunidad única, teníamos una pequeña ventana para intentarlo, era “ahora o nunca”.

Había mucho riesgo, sí. Así que lo hablamos. Lo discutimos los seis. Somos un equipo, éramos un equipo. Hasta ese momento, habíamos estado de acuerdo en todo, nunca había estado en una expedición tan cohesionda como ésta pero… en aquel momento crucial tuvimos opiniones diferentes. No criticaré la capacidad de nadie. Todos éramos grandes alpinistas, con mucha experiencia a nuestras espaldas, pero en aquellas circunstancias quedó claro que teníamos maneras diferentes de entender la aventura. Cinco contra uno. Me quedé solo. Lo lógico habría sido acatar la decisión del grupo y mantener el bloque pero… pero… los que conozcan la alta montaña sabrán que, a siete mil metros de altura te estás jugando la vida y lo justo es que cada uno pueda decidir por sí mismo sobre sí mismo, así que… optamos por separarnos.

(Triste, nostálgico).

Aún recuerdo sus caras cuando nos separamos. Si estuvieran aquí, podríamos escuchar su relato pero… no están.

(Detiene la narración un instante, embargado por el recuerdo doloroso)

¿Qué pasó? Me despedí así, con el brazo, y… emprendí el camino de la cumbre en solitario. Fue una ascensión dura. Llegué a la cima a la una del mediodía -el primer europeo en alcanzar la cumbre del Kananda sin oxígeno-. Ellos se fueron a casa. No he vuelto a saber de ellos… No me hablan… Creo que se han enfadado conmigo…

(Nota: Arranca como una narración trágica pero, en realidad, se trata de una infantil cuestión de envidia. La gracia está en que, por unos momentos, parezca que los compañeros murieron al intentar alcanzar la cumbre)

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