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No puedo hacer nada


ROBERTO:  Te fuiste de esta empresa por tu propia voluntad. Te marchaste por dinero, ni más ni menos que a la competencia, a la todopoderosa competencia. Fue un golpe duro para nosotros. Quién iba a pensar que un año después tu nueva empresa quebraría. ¿Sabes?, tuvimos que ocupar tu puesto. ¿Ves aquel hombre de allí, el de la camisa blanca? Se llama Javier. Es un buen tipo, trabaja bien. No es tan bueno como tú, pero trabaja bien. Hay que tener cojones para venir aquí, joder, Andrés. A ver si lo entiendo: ¿Te falta autoestima o tienes demasiada? Eres la última persona a la que esperaba ver. Nos ha ido bien sin ti, ¿sabes? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No hay plazas vacantes. Estamos completos. ¿Qué significa esto, que tengo que echar a alguien? ¿Tengo que despedir a Javier, así, por las buenas, porque el señorito ha vuelto? Sabes que nunca haría eso. Yo nunca haría esa clase de cosas, pero tú… sí. Tú eres de otra manera. Es ese carácter tuyo el que puso sobre mi mesa las mejores cifras de ventas en la historia de esta empresa durante 35 meses seguidos. Lo sé perfectamente. Y yo, que no soy como tú, te dejé hacer. Sin preguntar. Callando. Mirando. Y fíjate dónde nos ha llevado tu inercia: a ser el número uno. Somos líderes del sector, pudiste verlo estando en el otro barco. Pero, con tu perspicacia, estoy seguro de que pudiste ver también que nuestras cifras no son las de antes. Han bajado desde que te fuiste. Y eso al consejo de administración le gusta poco. Pero yo no puedo hacer nada, Andrés. Esta es mi respuesta: No puedo hacer nada. Ahí está Javier –el de la camisa blanca-. Puedes ir y hablar con él, si quieres. Cuéntale todo lo que me has dicho a mí, háblale de coraje, de ambición, dile lo que quieras. Yo no haré nada. Me sentaré aquí, callaré… miraré.

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