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¿Señorita?


Gloria lleva media hora encerrada en un ascensor y, no obstante, se la ve extraordinariamente tranquila, feliz. Habla por teléfono con dulzura, sin borrársele la sonrisa de los labios, como si estuviera contándole intimidades a una amiga. Mientras habla, se abrocha lentamente los últimos botones de la blusa.

GLORIA:  Señorita, soy yo otra vez. La llamé hace media hora porque, verá, estoy en un ascensor del número 215 de la calle Juan XXIII, que se ha quedado detenido entre dos plantas. Si, la llamé hace media hora, ¿recuerda? No, no, tranquila, era sólo para comentarle que aún no ha venido nadie y me preguntaba si tardarían mucho esos operarios de emergencias que usted dijo. Sí, antes dijo que, en quince minutos, estarían aquí. No se preocupe, tranquila, lo único que ocurre es que este sitio, realmente, es bastante pequeño y empieza a resultar un poco claustrofóbico. Luego, además, tengo una reunión importante en el último piso y, a esta hora, han empezado sin mí. He intentando llevar la reunión desde aquí, pero es imposible. Tengo toda la documentación arriba, los informes, las presentaciones, todo, ¿sabe? No, no tranquila, no pasa nada, me lo figuro, estas cosas tienen su tiempo, sólo quería saber… el caballero que se ha quedado encerrado aquí conmigo y yo sólo queríamos saber si está la cosa en camino ¿No nos han olvidado, verdad? Se acuerda de nosotros, nos tiene presentes… Bien… ¿Sí?… ¿En todo momento?… ¿Cámara? ¿Qué cámara? (Se abrocha el último botón de la blusa. Busca con la mirada, por un momento, una cámara en algún lugar del techo, de las paredes. Luego mira al hombre que tiene a su lado)

(Al teléfono, de nuevo) Mire, señorita, como no venga nadie a rescatarnos en menos de cinco minutos, le monto un pollo que se va a enterar. ¡Quiere darse prisa!… ¡Ha dicho cámara!

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