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Cómo atraer público a tu obra de microteatro


Te cuento una historia que quizá conoces:

Eres actor, actriz o director y te hace ilusión montar una obra de microteatro. Cuentas con los recursos humanos, técnicos y artísticos. Así que te lanzas. Eliges la obra cuidadosamente. Presentas candidatura en una sala de microteatro. Resultas seleccionado. Preparas, ilusionado, la obra (ensayos, vestuario, maquillaje, atrezzo, escenografía, iluminación…), hasta que por fin llega el día del estreno. Y es un éxito total. Público, crítica. Esa noche, a penas puedes moverte por los pasillos de la cantidad de gente que se acerca a felicitarte. Estás en una nube. Al día siguiente, vuelves al teatro, feliz  porque tienes nuevas funciones por delante. Pero te encuentras con que sólo acuden 2 ó 3 espectadores a los pases. O incluso menos. ¿Qué ha pasado aquí?

¿Te resulta familiar esta historia? Por desgracia, sucede más veces de las deseadas. Si te ocurrió a ti, seguro que en ese momento te preguntaste: “¿Qué hemos hecho mal?” Pues la respuesta es que probablemente no hicisteis nada mal. Pero sí es cierto que hay algunas cosas que se pueden hacer mejor. Aquí van 4 sencillos consejos que te ayudarán a maximizar los espectadores de tu obra de microteatro:

1. Cartel (afiche) de la obra

Muchos espectadores asisten a las salas de microteatro sin saber qué obra van a ver. La asistencia a las salas de microteatro, a menudo, más cerca de ser una actividad social  (una excusa para encontrarse con amigos y tomar unas copas) que un actividad cultural. Un cartel (afiche) atractivo que llame la atención entre copas puede decantar la elección en el último momento.

2. Vestuario y escenografía

Escenografía, vestuario y atrezzo son, sin duda, los aspectos del montaje más costosos, tanto si lo medimos en dinero como en tiempo. Pero sugerimos que no los menosprecies. Al público no le gustan las soluciones de compromiso. Si tu montaje tiene una ambientación especialmente cuidada, la noticia correrá como la pólvora en el vestíbulo del microteatro. Y no tienes por qué gastarte mucho dinero. Es una cuestión de imaginación.

3. Fotos con el público

Anima a los espectadores a fotografiarse contigo al finalizar la función. Recuerda que el microteatro es una actividad muy social. La mayoría de las veces estarán encantados de hacerlo. Esas fotos irán a las redes sociales y servirán para animar a nuevos amigos a ver tu obra.

4. Redes sociales

Hoy en día, elaborar material promocional es muy barato. Sólo es cuestión de dedicarle un poco de tiempo. Abre una página en Facebook y en Twitter dedicada a tu obra de microteatro y aliméntala diariamente con fotos, vídeos, comentarios, etc. Conéctala con las redes sociales de la sala de microteatro y con las de tus amigos y conocidos. Te sorprenderá la cantidad de gente sabrá de tu obra en muy poco tiempo. Si tienes cuentas Blogger, WordPress o parecidas, no descartes crear también una página web. Da imagen de profesionalidad.

 

En fin. Que es una lástima que una buena obra -bien dirigida por el director y bien interpretada por los actores- pase desapercibida en un recinto de microteatro solo porque los vecinos de sala supieron atraer mejor al público. La próxima vez, ten en cuenta estos aspectos y empiézalos a trabajar desde el primer día. Verás cómo vale la pena.

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¿Por qué nadie ha oído hablar de “Estocolmo mon amour”?


¿Por qué nadie ha oído hablar de “Estocolmo mon amour“?

Quizá la mejor manera responder a esta pregunta sea repasar el recorrido que ha tenido esta obra. Para ello hay que retroceder hasta el año 2003.

Escribí “Estocolmo mon amour” hace catorce años, cuando tomé la decisión de convertirme en dramaturgo profesional. Como me faltaban “padrinos” en el mundillo teatral, sabía que tenía que dar la campanada con un brillante primer golpe. Y así concebí “Estocolmo mon amour”. Como un golpe. La obra debía convertirse en mi particular “Reservoir dogs”, no tanto por sus semejanzas con la película de Tarantino como por el papel que deseaba que desempeñara en mi carrera.

Siguiendo el guión que se repite en las mejores biografías, lo siguiente que debía hacer era encontrar la productora que llevara “Estocolmo mon amour” a la cartelera y, de ahí, a la senda del éxito. Como sabía que nadie estaría interesado en leer el libreto de un autor novel, decidí montar yo mismo un pase de muestra en mi ciudad natal, e invitar a todas las empresas teatrales de la zona a verlo. Pedí ayuda a mis mejores amigos de la universidad y, gracias a la sorprendente implicación de todos ellos, conseguimos, tras largos meses de trabajos, alzar todos juntos por primera vez el telón de “Estocolmo mon amour”, en un pequeño teatro del barrio de Gracia de Barcelona. Al final no fue un pase, sino cuatro. Pero no importó demasiado. Ningún productor fue a verla.

Probé entonces el camino inverso. Y apunté más alto. Imprimí cientos de copias de “Estocolmo mon amour” y las envié a todas las productoras y compañías españolas que había en ese momento (o al menos a aquellas de las que tuve constancia en unos tiempos en que internet no estaba tan desarrollado como ahora). A todas las que pude, le  llevé yo mismo el libreto. Así recorrí muchos kilómetros. En algunos casos pude ver cómo, tras la respuesta amable de la secretaria, el libreto iba a encabezar una montaña de papeles, preocupantemente cerca de la papelera.

No recibí ninguna respuesta.

Se me ocurrió entonces ampliar horizontes. Así que traduje y adapté la obra al inglés y la envié (también con dossieres de papel, mediante correo postal) a todas las productoras británicas y norteamericanas de las que tuve conocimiento. Y el panorama se iluminó un poco. Recibí respuestas. Pero la mayoría de ellas para decirme que ésa no era manera de promocionar un trabajo. Fue más de lo que obtuve de las productoras españolas, ciertamente. Pero era muy poco. Y bastante decepcionante. La manera de hacer llegar obras a una productora anglosajona pasaba inevitablemente por tener un agente o representante en Reino Unido y Estados Unidos. Y eso era imposible para mi bolsillo, que estaba adelgazando a una velocidad asombrosa. Eso hizo que empezaran a surgirme pensamientos negativos. ¿Y si habían leído de la obra y no les habían gustado? ¿Y si “Estocolmo mon amour” no era tan buena como yo creía?

Habían pasado tres años y seguía estancado en la casilla de salida. Así que empaqueté “Estocolmo mon amour” y la guardé en un cajón para el resto de los tiempos. Fue entonces cuando escribí mi segunda obra, titulada “A mi manera”. Una obra visceral, en parte autobiográfica, lo suficientemente pequeña como para poder producirla yo mismo. Así que monté “A mi manera” y conseguí llevarla a la cartelera profesional. Y fue sólo en ese momento cuando me consideré por fin dramaturgo. Desde entonces, el camino ha sido duro, pero también bonito. He tenido la suerte de ver cómo algunas de mis obras llegaban a los escenarios. Y eso es lo máximo que puede pedir alguien que se dedica a escribir obras de teatro para el público.

Mientras tanto, todos estos años, “Estocolmo mon amour” ha dormido en un cajón.

Hasta que un buen día, no hace mucho tiempo, a un director argentino, Daniel Di Rubba, le llamó la atención aquel extraño título de mi currículum. Me pidió leer “Estocolmo mon amour”, y yo se la envié. Unos días después, Di Rubba me confirmaba que iban a comenzar los trabajos para poner en pie un montaje argentino de “Estocolmo mon amour”. La entrañable producción de Di Rubba llegó a representarse en la calle Corrientes de Buenos Aires y, posteriormente, de gira, por distintas ciudades de Argentina.

Sin conexión con este hecho, un año después, la casualidad hizo que el director de fotografía español, César Pujol Montegrifo, llegara a mi web buscando un guionista que le escribiera una escena dialogada para unas pruebas de cámara. Tras el afortunado episodio con Di Rubba, “Estocolmo mon amour” había salido de la oscuridad y el libreto lucía por primera vez en mi web, a disposición de todo aquel que quisiera leerlo. César Montegrifo lo leyó y decidió que aquel iba a ser el material con que debutaría como director de cine. Dicho y hecho. Un año después empecé a trabajar en la conversión de “Estocolmo” a guión cinematográfico. Y desde entonces hasta ahora, todo ha ido muy rápido. Actualmente, la película se encuentra ya en fase de post-producción y su estreno está previsto para finales de 2017. El largometraje cuenta con Antonio Garrido, Marian Aguilera e Ingrid García Jonsson como cabeza de cartel y todo hace pensar que llegará al gran público.

Y es en estos momentos cuando recuerdo que a penas nadie ha visto la obra de teatro. Al menos en España. El cine es una cosa y el teatro otra. Me habría gustado que todo hubiera ido de otra manera: que un productor se hubiese enamorado de ella, nada más verla, el día que la presenté en aquel pequeño teatro de Gracia, junto con mis amigos de la universidad. No por afán de dinero y fama rápidos, sino por el deseo sincero de compartirla con el público desde el primer instante. Parece que ahora se presenta una nueva ocasión, tras el estreno de la película. Me aconsejan que, aprovechando su lanzamiento en las salas de cine, dé carta blanca a la producción de un montaje teatral de “Estocolmo mon amour” en España. El primero. Su estreno oficial.

Y apuesto por ello. Pronto se abrirá el proceso para elegir productora. Y la elección está completamente en mis manos. No quiero para “Estocolmo mon amour” la productora más importante, ni la más grande, ni la más famosa. Sino la idónea. Una productora que reúna las cualidades de quienes creyeron en esta obra en el pasado: el atrevimiento de César Montegrifo, el cariño de Daniel Di Rubba y el entusiasmo de mis viejos amigos de universidad.

En homenaje y agradecimiento a todos ellos deseo que, dentro de unos años, sean muchas las personas que puedan decir que un día vieron en un teatro… “Estocolmo mon amour”.

Marc Egea

Barcelona, 25 de abril de 2017

 

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No han hecho la película ¿porque no se atreven con ella?


Steven Spielberg va a llevar al cine la novela distópica “Ready Player One”, de Ernest Cline. Ridley Scott va a llevar al cine la novela de ciencia ficción “Marciano”, de Andy Weir. ¿Quién llevará al cine la novela “Los alucinantes viajes en el tiempo de los EE.UU.”, de Rafferty Z. Jackson?

Seguramente, nadie. Y, para mí, esta última novela, que fusiona los géneros de las dos anteriores, es quizá la más rompedora.

Igual se deba a que su controvertido autor está en busca y captura por la CIA y el FBI. Y a Hollywood no le gustan los problemas. Pero me atrevo a afirmar que a “Los alucinantes viajes en el tiempo de los EE.UU.” de Rafferty Z. Jackson no le falta ni uno solo de los ingredientes que han llevado a Spielberg y Ridley Scott a decidirse por esos dos títulos que, muy probablemente, van a convertirse en bombazos de taquilla: es original, atrevida, ágil, sorprendente, directa, desacomplejada, absorbente, y extremadamente cinematográfica.

Escrita por un exagente del FBI acusado de revelar secretos de Estado, “Los alucinantes viajes…” se interna en el terreno de la especulación histórica con el atrevimiento de quien no tiene nada que perder. Y se atreve con todo. Amparado por la coartada de estar contando una historia de ficción, Jackson presenta un documento aparentemente disparatado que, no obstante, esconde una agudísima crítica social y política. Estamos hablando de una novela irreverente, ácida, iconoclasta y divertida, terriblemente divertida, que se lee de un tirón y le deja a uno con ganas de más.

Esperemos que el autor de esta singular propuesta (el tipo que -creemos- podría estar detrás de Rafferty Z. Jackson y de su propio destino), se atreva con más novelas de un género que ha demostrado manejar con tanta brillantez, mientras va forjando, a golpe de autoedición y micromecenazgo, una genuina carrera de “ezcritor” que merecerá la pena no perder de vista. ¿O hará falta que venga Hollywood con su película para que todos nos fijemos en él?

Blog, Pensando en voz alta

Competencia digital


El cortometraje, titulado “Lava” que acompaña a la proyección del último éxito de taquilla de Pixar, “Inside Out” (“Del revés”, en España, “Intensa-mente” en hispanoamérica), sirve, entre otras cosas, para que la empresa Disney muestre al público que, hoy en día, ya es técnicamente posible crear digitalmente, con absoluta perfección y realismo, fenómenos naturales tan complejos como las nubes, el humo de explosiones o el mar. Con este último logro, que hasta ahora se resistía, parece que ya se puede crear en pantalla cualquier réplica imaginable de la realidad, sin que se note que está hecha digitalmente.

Esta tecnología todavía es cara y muy trabajosa. Pero si pensamos en la manera en que suelen evolucionar este tipo de cosas, lo más probable es que, con el tiempo, estas herramientas sean cada vez más baratas y manejables. Esto lleva a suponer –y ahora sí voy aventurar un poco- que en un futuro, quizá un poco lejano, será posible que una sola persona, desde su casa, pueda llegar a elaborar y terminar una película completa: una película de apariencia real. Sin la ayuda de nadie.

Las implicaciones que tiene esto son muchas. De entrada, creo que no desaparecerán necesariamente las producciones “analógicas”, filmadas a la manera de siempre, con actores reales, operadores de cámara, de sonido, etc. Pero sí tendrán que afinar mucho a la hora de satisfacer los gustos del público, ya que se van a encontrar con una competencia amplísima y desacomplejada, tal como ya viene sucediendo en el mundo de la novela desde que es posible la auto-publicación digital por internet. En cualquier caso, quien seguro que va a ganar con el cambio es el público porque la competencia aumenta.

¿Y qué ocurrirá con el teatro? Parece que, hasta la fecha, en el teatro, los avances tecnológicos están sirviendo básicamente para que pueda haber en escena mejores efectos con menos costes. Pero no se vislumbra ninguna revolución digital que lo ponga todo patas arriba. Así que, mientras el teatro sea un arte escénico en el que unos actores reales –de carne y hueso- actúan en directo para un público, la clase de transformación que está viviendo la novela ahora y que vivirá el cine en el futuro, difícilmente se va a producir.

Esto tiene aspectos buenos y aspectos malos, en mi opinión. Mientras la novela y el cine van a verse sometidos permanentemente a una lucha brutal por llegar al público (y también la música y la televisión, por los mismos motivos) que repercutirá indudablemente en la calidad de los productos ofrecidos (y en la mejor adecuación de los productos a los distintos tipos de públicos demandantes), el teatro seguirá con las mismas reglas de siempre. Con ese encanto de lo humano, lo directo, lo inmediato, lo vivido.

A pesar de que esto parezca garantizar los puestos de trabajo de mucha gente dedicada al teatro, creo que, el hecho de no sufrir una revolución digital, puede dejar al teatro en una posición de desventaja. Porque, a menos que un espectador desee específicamente saborear esas señas distintivas que sólo puede ofrecer el teatro –las propias de un espectáculo en vivo-, los otros medios van a ser una fuerte competencia. Porque el tiempo que una persona puede dedicar al ocio es limitado y siempre acabará decantándose por aquellos entretenimientos que le proporcionen más satisfacción, sin que importe el medio al que pertenecen.

Así que haremos bien en no dormirnos aquellos que, de una u otra manera, trabajamos en teatro. Conviene que desarrollemos nuevas fórmulas que nos hagan más competitivos respecto al cine y la televisión, y conviene, sobre todo, que mejoremos la calidad intrínseca de nuestros trabajos enfoncándonos en nuestro destinatario último: el espectador. Una obra de teatro no compite con otra obra de teatro; una obra de teatro compite con toda la oferta de entretenimiento circundante. Y esa oferta es cada vez más abundante y más específica.

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¿Cuánto dices que dura esa obra?


Los espectadores muestran cada vez más interés por saber cuánto dura la obra de teatro que quieren ver. Esto ha puesto en alerta tanto a dramaturgos como a productores, que se están empezando a preocupar por dar a sus obras de teatro la duración exacta que quiere el público.

Pero, ¿ cuál es esa duración?

Antiguamente, una obra duraba lo que duraba, sin que importara mucho lo que el público pudiera pensar. Uno puede encontrar clásicos de hora y media y clásicos de más de tres horas. Modernamente, sin embargo, las obras adoptaron una longitud más o menos parecida a la de las películas de cine: entorno a la hora media y las dos horas (a las que había que sumar, por cierto, en muchas ocasiones, la pausa del intermedio).

La avalancha audiovisual, no obstante, ha he hecho que tienda a querer contenidos cada vez más rápidos, directos, tanto en extensión como en ritmo (basta ver ahora un videoclip de los años 90 y nos sorprenderá la pasmosa lentitud de su montaje). La clave del asunto está en separar estos dos aspectos: el ritmo y la duración. ¿La gente se está volviendo reacia a las obras largas o a las obras lentas?

El debate está servido. En las salas pequeñas, las obras difícilmente duran más de una hora. Existen también propuestas exprés donde las obras no llegan a los quince minutos. Y están teniendo mucha aceptación. Pero, ¿no nos hemos encontrado nunca con que una obra de 6o minutos se nos hacía eterna? ¿Y no nos ha pasado, por el contrario, que una obra larga nos ha tenido pegados a la butaca sin que tuviéramos noción del paso del tiempo?

La clave creo que está en el ritmo, y no tanto en la duración de una obra. Conviene estar atento a los cambios de gustos. Creo que hará bien el teatro si mira a su alrededor y toma nota de la velocidad a la que se mueven las cosas. Las disciplinas artísticas son muchas pero el público es único. Y el público cada vez está más acostumbrado a los ritmos ágiles.

Blog, Cosas de castings

¿Qué texto elegir para un casting?


Algo fundamental a la hora de preparar un casting es elegir bien el texto que se va a representar. No importa que el texto sea ajeno o que esté escrito por uno mismo. Lo importante es que se ajuste al propósito que uno se ha marcado. Y el objetivo no es otro que conseguir la plaza vacante. Con ese objetivo en mente, veamos algunos consejos útiles para dar con el texto adecuado:

  1. Que el texto contenga los registros fundamentales del papel al que optamos. Si el personaje al que optamos es cómico, convendrá elegir un texto cómico; si el personaje al que optamos es dramático, convendrá un texto dramático. Parece obvio pero hay que decirlo, ya que uno de los motivos por los que más aspirantes se descartan en los castings es por presentarse con un material mal orientado. De poco sirve demostrar nuestras habilidades en un campo que, en ese momento, no interesa al director. Si tenemos muchas habilidades, fenomenal. Podemos grabar videos con esas habilidades. Pero en el casting, el tiempo es oro, y todo lo que distraiga al director de encontrar exactamente lo que busca, va jugar en nuestra contra.
  2. Evita textos subidos de tono o con lenguaje grosero. A estas alturas, son más que habituales las películas con escenas subidas de tono o con palabrotas o expresiones malsonantes que a nadie escandalizan. Pero, fuera de contexto,  incomodan. Se perciben de un modo más crudo, y pueden llegar incluso a resultar molestas. A menos que la película u obra de teatro a la que aspiras se mueva en esos terrenos, mejor evítale al director de casting una situación incómoda.
  3. Que el nivel de dificultad del texto no exceda el nivel de capacidad de uno. Se trata de mostrar lo que sabemos hacer, no lo que no sabemos hacer. Un texto maravilloso que nos sobrepase nos dejará en evidencia y minará nuestra credibilidad profesional; sin embargo, un texto estándar, limitado, que permita mostrar con solvencia la cualidad exacta que está buscando el director, puede ser perfecto para obtener un papel determinado.
  4. Que el texto sea breve y directo. Es muy probable que, en un casting, no dispongamos de tres minutos (incluso en castings en que nos han pedido que llevemos preparado un texto de tres minutos). Muy habitualmente los directores mandan terminar la interpretación del actor/actriz antes del final. Por esta razón, conviene llevar un texto que sea breve y que, sobre todo, ponga a trabajar tus habilidades desde el principio. Es mala idea confiar los mayores efectos a los momentos finales porque corres el riesgo de no poder llegar a mostrarlos. Asegúrate, pues, de que enseñas lo máximo lo antes posible.
  5. Que tu monólogo tenga una historia. Siempre puedes intentar retrasar el momento de esa finalización abrupta -o incluso aspirar a que no se produzca- eligiendo un monólogo que cuente una historia. Las historias tienen un inicio, un desarrollo y un final, y están diseñadas para que el espectador quiera conocer el final. En sucesivos posts, detallaremos las características de este tipo de textos. Mientras tanto, cuando busques textos, puedes ponerte en la posición del espectador y valorar si el texto despierta tu curiosidad por saber cómo termina. Si no lo hace, mejor busca otro.
  6. Evita los textos famosos. Un texto muy conocido no va a conseguir despertar en el director de casting esa curiosidad para saber cómo termina… porque ya sabe cómo termina. Pero, sobre todo, nos va a colocar en posición de desventaja ya que, inevitablemente, comparará nuestra interpretación con la del actor/actriz que la hizo célebre… y con la de cientos de aspirantes que también lo han representado delante de él. Evita aburrir y exponerte a comparaciones indeseables. Si puedes, deja los textos famosos para los demás.

En resumidas cuentas se trata de encontrar un vehículo que nos permita demostrarle al director de casting que nosotros tenemos la clase de talento que está buscando. Nada más. No añadamos interferencias. No tenemos que recitar el texto más bello, ni el más completo, ni el más original del mundo. Busca el texto que más te acerque a ese objetivo, por sencillo o desconocido que sea. Y, si no lo encuentras, no tengas reparos en intentar escribirlo. En próximos post enseñaremos cómo escribir un buen monólogo para casting.

Nota: Estos consejos asumen que el papel al que opta el actor/actriz es un papel conocido. A veces, no obstante, hay castings en que no se especifica qué papel se está ofreciendo. Trata de averiguar, siempre que sea posible, qué buscan exactamente los promotores del casting. Si no te lo quieren decir, plantéate si realmente quieres tomar parte en esa producción. Si lo haces, lleva entonces varios textos preparados o un texto de múltiples registros para tratar de cubrir el mayor número posible de campos.

Blog, Microhistorias

El chico que no quería colarse en el tren


Un chico llega corriendo a la estación de tren. En la taquilla hay una cola kilométrica. Perderá el tren si hace la cola. Así que entra directamente en el tren, sin comprar billete.

Una vez en el vagón, una pasajera le llama la atención por haberse colado. El chico saca del bolsillo el importe exacto de un billete y se lo pone en la mano a la chica.

– Haremos una cosa -le dice-. El próximo día que tomes un tren, saca un billete de más y luego lo rompes.

– ¿Por qué no lo haces tú?

– Ésa era mi intención. Pero como sé que no me crees (es normal que no confíes en mí, lo  entiendo) , lo haremos así-. Cierra la mano de la chica. -Acuérdate: Un billete de más. Lo rompes. Confío en ti.

Blog, Pensando en voz alta

¿De palabra o por escrito?


El vecino de Javier es músico, un músico profesional. Un músico muy bueno. Anoche, ese músico -vecino de Javier- llevó a cabo la mejor actuación de su vida. Javier, que estuvo entre los espectadores del concierto -porque nunca se pierde un concierto de su vecino- disfrutó extraordinariamente. Por desgracia, Javier no tuvo ocasión de felicitar a su vecino al término de la actuación, así que esta mañana, al salir de casa, le ha dejado una nota pegada a la puerta de su piso.  Una nota original, sincera, emotiva. Ocurre sin embargo que, al salir a la calle, Javier ve venir por la acera a su vecino músico, con una barra de pan debajo del brazo.

El encuentro es inevitable porque ya han hecho contacto visual. ¿Qué debe hacer Javier cuando se den alcance? ¿Debe felicitar a su vecino músico de palabra, repitiendo así el mensaje que éste encontrará dentro de unos segundos en la puerta de su casa? ¿O tiene que callar para que su vecino reciba el impacto de la nota de felicitación, aun a riesgo de parecer un desconsiderado en el momento del encuentro por no hacer ninguna mención del concierto de la noche anterior?

Creo que el escritor vocacional es el tipo de persona que suele decantarse por la segunda opción…

Blog, Cosas de castings

¿Qué es un casting?


Aunque todos sabemos perfectamente qué es un casting, creo que puede ser interesante que nos acerquemos, por un momento, a la definición de casting teniendo en cuenta, esta vez, su finalidad, su objetivo, ya que esto podría darnos las claves para saber cuál es la mejor manera de afrontar un casting y evitar así cometer errores fatales en lo sucesivo.

Vamos, pues, con ella.

Desde el punto de vista del actor/actriz, un casting es aquella actuación dramática mediante la cual un aspirante muestra sus habilidades a un director que necesita contratar un actor/actriz. Desde el punto de vista del director/productor, un casting es la convocatoria de actores que efectúa un empresario del espectáculo con el fin de encontrar al actor idóneo para cubrir una plaza vacante.

Mirando por encima las dos definiciones, se ve fácilmente que un casting es, básicamente un encuentro entre dos partes, un aspirante y un director, que se lleva a cabo por la necesidad que ambas partes tienen de la otra. El aspirante necesita un trabajo y el director necesita un trabajador. Y cada uno de ellas ofrece al otro lo que el otro busca. Solemos considerar que el director está en una posición de ventaja respecto al aspirante por un motivo desequilibrante: porque el aspirante, en realidad, ya ha encontrado el trabajo que buscaba mientras el director sigue inmerso en la búsqueda por encontrar un trabajador. Por esto y también porque la ley de la oferta y la demanda actúa implacablemente (en un mundo con más producciones teatrales/cinematográficas que actores/actrices, sin duda los castings serían algo así como una convocatoria que organizaría un actor/actriz para elegir la producción más apropiada para él).

Ciertamente, cuesta imaginar una fila de productores esperando, a la puerta de un actor/actriz, compitiendo por ofrecerle el puesto de trabajo más atractivo. Pero sería así, seguro. El hecho, no obstante es que, en el mundo real, existen muchos más actores/actrices que producciones y, como parece que no va a cambiar la cosa, nos centraremos solamente en el primero de los panoramas. El casting es, pues: la prueba que el director organiza para encontrar al candidato perfecto. ¿Cuáles son los dos aspectos fundamentales que deberá tener en cuenta el aspirante? La necesidad y la competencia. El casting surge de una necesidad que tiene el director (esto da ventaja al aspirante), pero, para obtener el mejor resultado, lo organiza de manera competitiva (esto se la quita). Si hay mucha competencia de actores pero no hay trabajo, el casting no tiene sentido. Si para un trabajo no hay competencia, el peor actor conseguirá el trabajo. Y el casting no tiene sentido. Lo que proporciona sentido al casting es la necesidad y la competencia. Y también la dificultad. Y sin duda lo convierte en una disciplina actoral apasionante que el aspirante puede aprender a perfeccionar con el tiempo.

En sucesivos posts iremos hablando de los aspectos y decisiones que pueden llevar a un aspirante a hacer el casting ideal, lo cual equivale a decir: el casting que le proporcione el trabajo que quiere.

Leer: ¿Qué texto elegir para un casting?