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Supón


Begoña: Me has dicho que no te vas a enfadar. Vale. A ver cómo te lo cuento… (piensa un poco) A ver… (da con una idea) Vale. Supón que estoy en la calle intentando parar un taxi y no hay manera, y ya es tarde, y ya no quedan autobuses -no sé cómo narices voy a volver a casa-. Y supón que, cuando estoy a punto de cortarme las venas, pasa Eduardo con el coche y me ve. Me pita. Y me dice: “Ey, Begoña, sube, que te llevo a casa”. Supón que se me ha estropeado la cafetera. Y cuando estamos llegando a mi casa, se lo explico en plan drama -porque es un drama-. Y le digo: “Me dijo Susana que el otro día arreglaste una de estas, ¿verdad?”. Y le convenzo para que suba y le eche un vistazo. Supón que se pone  a manipular la cafetera y, cuando está abriendo el compartimento del nosequé, a mí se me vuelca el recipiente del agua que tenía que estar sujetando pero que se me resbala – suerte que no estaba caliente, el agua-. Y supón que claro, se le moja la camisa y yo le digo que se la quite, que se la seco -y yo también me tengo que quitar la mía porque también se me ha mojado-. Y le paso un poco una toallita por el pecho para secarlo. Y también me la paso yo porque yo también me lo he mojado. Supón que, no sé cómo, empieza a hacer mucho calor y mi sujetador vuela, y sus pantalones vuelan y acabamos allí, en el suelo de la cocina… bueno. (Se da cuenta de que su amiga se está enfadando mucho). No, no, me has dicho que no te ibas a enfadar. Joder Susana, no. (Susana está enfada) No quiero que te enfades. A ver… Vuelvo a empezar. Supón que Eduardo no es tu marido, que estoy en la calle intentando parar un taxi…

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El alcohol es muy malo


Teresa: (Interrumpiendo) Un momento, un momento, un momento… Cuando te digo “¿Qué tal el fin de semana?” No te estoy diciendo “¿Qué tal el fin de semana?”, ni “¿Lo pasaste bien este fin de semana?” y aún menos “¿Qué hiciste este fin de semana?” No te equivoques. Lo que te estoy diciendo es: “Te voy a contar mi fin de semana con todo lujo de detalles y tú me vas a escuchar tanto si te apetece como si no”, así que, por favor, contesta rápido y sencillo a mi pregunta retórica de cortesía porque tengo muchas cosas que explicar y nos quedan sólo diecinueve minutos de desayuno. ¿Has entendido?-Sí-Has entendido. Ah, no, come, come, no hace falta que hables. Mira, ya hablo yo. Te cuento. El fin de semana, genial: Despedimos a Samantha. Fuimos a cenar un grupito del trabajo. Le hicimos una especie de fiesta sorpresa. Luego te señalo quienes fuimos porque si te digo los nombres te vas a quedar igual. Samantha es la chica que estaba antes con nosotros. Se ha pedido una baja por maternidad, pero sin maternidad. Una especie de baja temporal por depresión, pero no-temporal, sino permanente: Vamos, que se ha ido. Por lo visto se colapsó. Eso dijo. (Confidente, en voz baja) Discurso típico para que no te quiten el finiquito. Es que si te vas voluntariamente, no ves ni un céntimo; pero si es por una cuestión médica… La tía hasta presentó papeles, se lo curró muy bien…
Bueno, a lo que iba. Que nos presentamos en su casa. Ella no sabía nada. Ni su marido. Tenías que haber visto que cara puso… Fue en plan despedida de soltera. La sacamos por la fuerza y nos la llevamos de fiesta. La emborrachamos. Qué divertido fue. Ya sabes qué hace una cuarentona cuando la emborrachas: que dice unas tonteríaaaaas… Dijo que a ella el trabajo le gustaba mucho y estaba deprimida por haber tenido que irse.
El alcohol es muy malo, niña. El trabajo es una mierda, ya lo irás viendo. Uh…, aún me da vueltas la cabeza. Es que bebimos mucho. Mario terminó con un sombrero de cowboy en la cabeza. Irene acabó descalza y con una carrera en las medias. Chema y Jose, subiéndose a una farola. Sandra, Bea y yo, cantando “Over the rainbow” a todo trapo –vaya panorama-, y Samantha diciendo que yo era una harpía y no me soportaba ni me había soportado nunca…
Estuvo muuuuy bien. Aquí hay muy buen rollo, ya lo verás.

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Yo quiero uno como ella


Después de quince años de matrimonio, Luz se ha divorciado. Hoy, cuando estaba paseando por un centro comercial, se ha encontrado con su marido (su ya ex-marido) con su nueva pareja: una chica de sólo diecinueve años. Luz ya tenía noticias de esta nueva relación de su exmarido con una tan joven, y la había aceptado con naturalidad, pero el hecho de verlos juntos, allí, le ha producido un impacto que no esperaba.

Luz: (a su exmarido, a solas, allí mismo) Crees que sabes lo que estoy pensando: que está fuera de sitio que estés con una niñ… con una chica de diecinueve años, a tu edad… -le doblas la edad… o un poco más, ¿no?-, así dándoos besitos, metiéndoos mano, sin disimular ni nada… Supongo que es lo que te estará diciendo todo el mundo: “Podría ser tu hija”… Si hubieras… Si hubiéramos tenido una hija en… ¿qué han sido? quince años de casados… más… ¿cuántos estuvimos antes? Tres años, ¿no?… más tres años saliendo… Pero… que, entre una cosa y otra -que si tu trabajo, que si mi carrera, que si mi trabajo, que si tu tenis y tu paddle, que si mi gimnasia y mi yoga…- vamos que, si… entre unas cosas y otras pues… que no hubo tiempo para hija, ni para hijo –ni para suegros, afortunadamente-, ni para según qué cosas, y que… Hay que ver qué rápido pasó todo y… aunque han sido muchos años, parece que… no ha dado tiempo para casi nada… aunque estuvimos muy ocupados haciendo… no sé…, la verdad, haciendo lo que hace todo el mundo, si es que tampoco fuimos muy distintos a todo el mundo y… Imagino lo que te estará diciendo tu madre sobre… -¿cómo se llama? ¿Clara, no?- sobre Clara. Uh, puedo imaginármelo: que si nunca valoras lo que tienes, que si eres un inconstante, que si te vas a cansar rápido de la nueva, que si eres un caprichoso, que si es solo una cría… Como si la estuviera viendo… y… pensarás que yo también… Que yo estoy de acuerd… ¡Realmente es una monada! Qué joven. Qué guapa. Bueno, no sé lo que dirá la gente, lo que estará pensando todo el mundo, pero, la verdad es que… Te veo con ella y… Os acabo de ver, así de golpe, claro, no he podido evitar pensar que… que…: Jodido cabrón, ¿dónde la has encontrado? Yo quiero uno como ella. Es que me estoy imaginando con uno de la edad de Clara y me estoy poniendo…

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Concursante solidaria


María es la finalista de un concurso de televisión. Después de tres semanas de duras pruebas (pruebas físicas, de cálculo, de estrategia, de orientación, de habilidad…), en las que han ido cayendo eliminados, uno tras otro, semana tras semana, todos los rivales de María, ahora sólo le queda un último competidor. La decisión final corresponde al jurado. El presentador del programa acaba de pedir a los dos finalistas que le digan al jurado en qué gastarán el premio si resultan vencedores.

María:  (teatral) Bueno, ahí va mi discurso. Me parece muy respetable que mi contrincante quiera gastarse el super-premio del concurso comprándose todas esas cosas que ha dicho: coches deportivos, mansiones, super-vacaciones en hoteles de super-lujo, cruceros, ropa cara y todo eso que has dicho (mirando al lado). Me parece muy respetable, me encanta. (Al jurado) Porque en realidad, yo quiero hacer lo mismo: quiero gastar el dinero del super premio del concurso en aquello que me hace feliz. En mi caso, lo que me hace feliz es ayudar a los más necesitados. Hay mucha gente en esta ciudad que pasa hambre, aunque no lo crean. Mucha. Hay, auténticos dramas sociales, aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Si ustedes me votan, señores del jurado, y gano el super-premio, lo que haré con el dinero es donarlo íntegramente a la campaña “Ayudemos al sector 8”. Con una aportación tan importante, histórica, he calculado que podrían comer tres mil familias durante dos años enteros, y tendrían cubiertas las necesidades de agua, electricidad y manutenciones varias, como ropa para los niños, educación, vacunas, etc. Tanto mi rival como yo hemos hecho un muy buen concurso y, sin duda, los dos merecemos ganar. Es una pena que no podamos ganar los dos. Ahora la decisión está en sus manos, señores del jurado. Ustedes deben decidir quién sale ganando de aquí. Muchas gracias.

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Debes decidirlo tú


Conchita:  Cariño, no tienes que preguntarme. Yo elegí a tu padre en contra de la opinión de toda mi familia. Y he sido feliz. Te tuve a ti. (Sonríe cálidamente) ¿Es el hombre de tu vida? Pues, adelante, qué voy a decirte yo: tienes cuarenta años, ya no eres una niña… ¿De dónde vienen las dudas, corazón? ¿De lo que opinas tú o de lo que habla la gente? No hagas caso de lo que diga la gente. Piensa por ti misma. Piensa en ti. ¿Dices que casarte con ese hombre te hará feliz? Pues, ya está. Eso es lo único que importa. Yo sé que estás sinceramente enamorada de él. Siempre lo has estado. Desde que tenías diez años. Por ese hombre me hiciste apuntaste a baile, ¿te acuerdas, que tú dudabas porque te daba mucha vergüenza y yo decidí por ti? Seguro que, cuando le miras a la cara, aún ves al Martin Sharpe de los “Los reyes del baile” o de “Danza conmigo”. Qué voy a decirte yo. Si crees que te hará feliz, adelante. Yo no deseo otra cosa que tu felicidad, hija mía (sonríe complaciente). Te vas a casar con el capital Marley de “Tormenta en los mares del sur”, con el Jack Balance de “Puños de gloria”, con el príncipe desterrado de “Jaque a la corona”… Un hombre maravilloso, sin duda. No te podrá convertir en reina, ni se pegará por ti en un ring, ni te llevará a navegar en un velero por los mares del sur, ni podrá sacarte a bailar. Tiene más de ochenta años, ya. Pero sigue siendo Martin Sharpe, la leyenda Hollywood, la estrella que enamoró a medio mundo durante más de cuarenta años. Y aún tiene esa mirada seductora. Y con esa mirada, aunque ya no hable, te ha elegido a ti. ¿Quieres casarte con él? No me toca a mí decidir… como no le correspondería decidir a la mamá que acaba de dar a luz en ese hospital de enfrente sobre tu relación con su bebé dentro de cuarenta años… si te enamoraras de él.  (se sorprende) ¡Mira qué ejemplos tan disparatados me haces decir! Hija, no me preguntes, debes decidirlo tú.

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Descontractúrenme


ELSA:  O sea, que tú le dices que tienes una contractura en la espalda y él te empieza masajeando la espalda pero a los diez minutos sus dedos se van por los lados y acaba masajeándote esta parte de aquí donde empieza el pecho, que luego acerca sus labios a tu nuca y dice que lo hace para aplicar calor, que no deja de repetirte lo guapa que eres y te acaba proponiendo ir a su casa para hacerte un masaje en una camilla especial que tiene allí… Chica, yo creo que no hay duda. Y, mira, te diré algo: hace un tiempo, tú me vienes con esto y te hubiera dicho: “¡Pero qué haces tía, te has vuelto loca, que estás casada y él también!” Ahora, en cambio te digo: “¡A-de-lan-te!”. No vayas a pensar que no estoy bien con Jorge. Soy feliz: Jorge me quiere mucho, adoro a mis dos hijos y todo es maravilloso. Sólo que a veces voy un poco estresada: los niños, el trabajo, el inglés, el gimnasio, la casa, el baloncesto de los niños, mis padres, mis suegros… Me gusta mucho mi vida, soy muy feliz, pero esto empezando a tener un poco de estrés y creo que me está afectando al sueño, a veces tengo como mareos, creo que se me agarrotan los músculos, que se me hacen como contracturas en la espalda. Voy a necesitar que me descontracturen…

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La tercera cabina


ADUANERA:  Tengo para ti una noticia buena y una mala. La mala es que sé lo que hay en tu maleta. No te molestes en negarlo, lo he visto por rayos X. Calculo que llevas cuatro quilos. Si te tomaste la molestia de conocer un poco nuestra legislación antes de lanzarte a hacer la tontería que has hecho, sabrás que por cuatro kilos te condenan a 20 años. Veinte largos años en un auténtico infierno. ¿La buena noticia? Lo más probable es que el pesaje oficial diga que llevabas tres kilos. Uno menos. Así que, en vez de 20 años, te caerán 15. Quince años en un auténtico infierno.

¿Te parece justo? A mí no me lo parece. Quizá ahora mismo no quieras ni pensar en ello pero te aseguro que no es justo, no lo es. Gracias a estas “pérdidas”, los funcionarios de pesaje ganan en un minuto lo que un funcionario honrado de aduanas no gana en una vida entera trabajando. He visto a muchas chicas como tú encubrirlos. Por 5 años. 5 miserables años de rebaja. ¿Acaso son pocos, quince años de cárcel? Es un mal negocio, te lo digo yo. Estoy harta de verlo. Luego os arrepentís todas, pero para cuando llegan las lágrimas es tarde. Esos corruptos van a ganar en unos minutos muchísimo más de lo ibas a ganar tú por este transporte, y sin ningún riesgo. Ellos son parte del negocio, bonita. Y tú eres la tonta necesaria. Lo has arriesgado todo para nada. Y la rueda sigue girando. Después de ti vendrá otra, y otra, y otra…

No llores, escúchame. La mala noticia es que he descubierto que llevas cuatro kilos en la maleta, sí. Pero la buena noticia no es que esos cuatro kilos se vayan a quedar en tres. La buena noticia es que sólo lo he visto yo. Nadie más. Y eso significa que vas a tener una segunda oportunidad. Quiero poner fin a estas injusticias. La corrupción lo está pudriendo todo. Escúchame bien, te diré lo que vas a hacer: Te secarás las lágrimas y saldrás de esta habitación con total normalidad. Esto sólo ha sido un control rutinario de pasaporte. Tomarás el pasillo de embarques y te detendrás al llegar a las terminales. Allí, a la izquierda, verás que hay unos baños. Entrarás en el de mujeres. Dentro verás que hay seis cabinas. Entrarás en la tercera. En la tercera empezando por la izquierda, no te equivoques. Una vez dentro, abrirás el depósito de agua y meterás dentro, con cuidado, esos cuatro paquetes. Luego saldrás del baño, irás a tu mostrador de embarque, tomarás el avión con el resto de pasajeros y no volverás a pisar este país nunca más. ¿De acuerdo? No llores. Anda, ve. No me lo agradezcas. No lo hago por ti, ni por mí: Sólo hago lo que es correcto. La tercera cabina, recuerda, la tercera, no te equivoques.

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Como en los Puentes de Madison


Carolina y Mario llevan 4 años viviendo juntos. Las cosas ya no son como antes.

CAROLINA:  No te estoy pidiendo que cambiemos de coche; está bien el que tenemos, vamos, me da igual. En la escena del semáforo… En esa escena -te la explico-, Francesca va con su marido en coche y llegan a un cruce. El semáforo está rojo. LLueve. No hablan, sólo se oye el tic tac del intermitente, el batir de los limpia parabrisas. El semáforo cambia a verde. Los coche de delante no arrancan -el coche de delante no arranca-. El marido se queja: “Pero, ¿a qué está esperando?” Francesca no dice nada. En silencio, ha llevado la mano a la manilla de la puerta porque quiere salir corriendo. Quiere montarse en ese coche que hay delante. Y no va de coches, cariño. Va de… De que no sabes de qué te estoy hablando. Va de es eso, justamente. No es una gran película -ni una gran novela-, tranquilo. No te perdiste nada. Es que… recuerdo que me quedé sola viéndola, en el salón, como tantas veces… Va de eso, de quedarme sola viendo películas. ¿Por qué ya no vemos películas juntos? ¿Cuándo dejamos de hacerlo? Si hubiésemos seguido haciéndolo, sabrías de qué escena te hablo. Sabrías lo que quiero decir. Y probablemente yo no estaría como Francesca, ahora, con la mano en la manilla de la puerta…

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No me entra


Noelia y Álex tienen una cena de exalumnos. A los dos les hace mucha ilusión reencontrarse con los viejos compañeros de instituto. De repente, parece que Noelia deja de estar ilusionada.

NOELIA(irritada, sosteniendo una prenda de ropa, habla a su marido que está en otra habitación) En frío, en frío, en frío… las lavadoras se hacen en frío. Una vez que haces una y… toma, la haces en caliente. No me escuchas, cariño, no me escuchas. Las lavadoras se hacen en frío. Mira, se ha encogido todo. Estos pantalones antes me entraban, esta camiseta me entraba, las braguitas rojas me entraban… y ahora no me entran. No me entra nada. Todo pequeño. La próxima lavadora que compremos no tendrá programa caliente -será de las baratas- para que no puedas cagarla. ¿Me oyes? ¡Me pongo así porque le tenía mucho cariño a esta ropa, qué pasa! ¡Sí, le tenía cariño! ¡Y no quiero comprar ropa nueva! ¡Quiero esta ropa! Álex, no quiero ir. No quiero ir. No voy. Yo no voy. Mañana voy al cine, estrenan la de Amenábar. Sí, la voy a ver. ¿Cuánto hace que la estoy esperando? Me compro unas palomitas y ale, a ver la peli. Ve tú al baile si quieres. Yo no voy. También era tu curso, eh. Mierda de Facebook. Si he estado veinte años sin verlas será por algo. Todas operadas. ¿Has visto las fotos? Yo no voy. Y este espejo, joder, está descolgado, se ha vuelto a descolgar, Álex, mira, hace comba, qué horror, todo se rompe en esta casa. (Su marido le dice algo) ¿Resistencia? ¿Qué es una resistencia? Pues si también tiene rota la resistencia, con más motivo, tiramos la lavadora y compramos una nueva, una de las baratas, que solo lave en frío, para que no la vuelvas a cagar… Mira (vuelve a la prenda de ropa), qué pena. Me quedaba perfecta…

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Conozco a esa clase de hombres


Inés está preocupada porque Laura, su nueva compañera en la cadena de montaje de la fábrica, tiene una vida triste y aburrida. El viernes por la noche la saca para que se divierta y conozca gente. Están sentadas junto a la barra de un bar. Inés está buscando algún hombre interesante para Laura.

LAURA:  (refiriéndose al último hombre que le ha señalado Inés) Te refieres a ese de ahí, el de la americana oscura… Sí, es guapo, y parece simpático, divertido, pero… no. (Segura de lo que dice) Conozco a esa clase de hombres: Son hombres encantadores que luego resultan tener una cara oculta. Son hombres que te ahora sacan a bailar y te hace flotar por la pista como si fueras la princesa de una monarquía europea, luego te llevan afuera y te dicen las cosas más bonitas del mundo a la luz de la luna, te acompañan a tu casa y te respetan, te sonríen, y se marchan elegantemente, haciendo que los desees con todas tus fuerzas, y empiezas a contar los minutos para que llegue el viernes siguiente y puedas verlos de nuevo, temiendo que quizá estén con otra chica, pero no, están aquí, en el mismo sitio, esperándote con un ramo de flores que lleva escrito tu nombre dentro, y les besas, y les pides que te lleven a sus casas, y hacéis el amor, y los dos decís al mismo tiempo que queréis pasar el resto de vuestra vida juntos, y lo dejas todo por ellos, os casáis, y… meses después, una noche, cuando te preocupas porque es tarde y aún no ha llegado a casa, pasas por delante de un bar y los encuentras bailando con un chica cualquiera a la que mira como si fuera la princesa de una monarquía europea… (Se vuelve hacia Inés) Es Ignacio, mi exmarido. Si hoy te apetece sentirte como una princesa… (invitándola a que salga a bailar)

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¿Tiene hijos?


ERICA:  (A su amiga) Estaba muy nerviosa. Es que no era una entrevista de trabajo, era más bien… una ‘conversación’. Y eso es mucho más difícil que una entrevista de trabajo. Se trataba de charlar conmigo y ver cómo era, cómo me desenvolvía. La entrevista la superé, tía. Era la candidata perfecta. Yo y tres chicas más. Pero yo era la mejor posicionada. Estaba a diez minutos de conseguir el trabajo. Sólo tenía que ser yo misma, hablar con naturalidad y sonreír mucho. Eso sí: tenía que arrancar yo la conversación. Joder, con lo que me gusta a mí ponerme a hablar con desconocidos. Y me acordé de un trucó que dicen que siempre funciona en estos casos, que rompe el hielo muy bien: y es preguntar “¿Tiene hijos? ¿Qué edad tienen?” Por lo visto, nunca falla: el otro se pone hablar, se le cae la baba contando lo buenos que son sus nenes, a ti te encanta lo que te cuenta… y se hace muy agradable todo y pasa mucho rato. Así que le pregunto al hombre: “¿Tiene hijos?” Me dice: “No”. Y yo le digo: “¿Qué hacen?” (Pausa) Joder. (Pausa) Ni le escuché. Me quedé muda. No supe qué más decir. Como no hablaba, el hombre al final me dice: “¿Y tú? ¿Tienes hijos?” Y yo: “¿Hijos?” “Nooooooo” “Para mí lo más importante es el trabajo”. (Suplicando tiernamente a su amiga) Por favor, ¿te los puedes quedar hoy… por favor? Será tomar una copa… diez minutos…

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El compás 35


CAROLINA:  Fallé en el 35. Sí. Es verdad. Fallé en el 35. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme en este momento? Sé que significa poco para ti pero… ¿has visto lo que ha pasado después de la actuación? ¿Te has fijado en esa gente que se ha acercado a hablarme? (Bajando la voz, como si revelara un secreto) Me estaban felicitando. ¿Qué es eso? ¿Felicitar? (Ella misma responde) Es algo muy raro. Unos dicen: “Qué bien lo has hecho”, otros: “Me ha encantado”, hay quien te confiesa que se ha emocionado escuchándote, y alguno incluso llega a reconocer que te envidia por tocar así el piano. No les cuentes que la partitura está dividida en compases, que la pieza entera está sujeta a una tonalidad, a un tempo, y que tiene que interpretarse con total exactitud, siguiendo escrupulosamente las reglas. Simplemente, les ha gustado… porque no ha sonado mal. No ha sonado nada mal. Ha sonado bastante bien. Ha sonado bien, muy bien… Y si, en ese momento, cuando te están felicitando, se te ocurre decirles que has fallado en el compás 35… te responden que no, ¡lo niegan!, te dicen que no ha habido ningún fallo, que has tocado la pieza maravillosamente bien. Y con el tiempo aprendes a no discutirlo… Porque discutirlo es como poner en duda su sensibilidad, es como decirles que no entienden sus propios sentimientos. Y ellos saben bien lo que han sentido, no sabrán de música pero saben bien lo que sienten. No hace falta saber música para sentir. Todo el mundo siente. “Fallaste en el 35”. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? Muy bien. Mañana, en clase, lo trabajaremos. Repetiré mil veces la partitura hasta que la toque perfecto para ti. Hoy, para ellos, la he tocado perfecto. Y, hasta hace un momento, era una noche perfecta. Hasta que he hablado contigo.

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Chantaje bibliotecario


EMMA:  No está bien, me parece muy mal. Qué quieren, se quedó detrás de unas cajas, escondido, lo acabo de ver ahora. He venido corriendo a traerlo. Y ustedes, como agradecimiento, me castigan –porque… sí, esto es un castigo- Ya sé que siete años es mucho tiempo, pero me parece injusto: lo llego a saber y no vengo, mire qué le digo, sí, y ese dinero que me ahorro, porque… ¿cuánto dinero es en total? No se preocupe, ya lo calculo yo. Cincuenta céntimos por cada día de retraso, ha dicho, ¿verdad? (Saca su teléfono móvil). A ver, siete años son… (teclea en el móvil, a modo de calculadora) Doce meses por siete…: Ochenta y cuatro meses… Cada mes tiene, de media, treinta días… Eso son…: Dos mil quinientos veinte días… Dos mil quinientos veinte días por cincuenta céntimos día… Total a pagar…: ¡¡Mil dos cientos sesenta euros!! ¡Mil dos cientos sesenta euros por devolver un libro! ¡Y una mierda! ¡Ni se le ocurra cargarme eso en mi cuenta! ¡Qué se ha creído! ¡Borre mi domiciliación ahora mismo! ¡Están locos o qué! ¡Vaya norma de mierda! ¿No se dan cuenta de que con eso sólo van a conseguir que la gente no quiera devolver los libros? Te retrasas un par de semanas y te cuesta más que un libro nuevo; Te despistas unos meses y ya te puedes pedir un crédito. Y yo… ¿qué tengo que hacer yo? Pues suerte que se me ha ocurrido reformar la habitación y ha aparecido el libro… Se supone que una biblioteca tendría que promover buenos valores, y a mí, ahora mismo, me está revolviendo las tripas, me está despertando los peores instintos, mire qué le digo. (Suplicando) Perdóneme, joder, se lo suplico. No me venga con normas ni tonterías. Y usted, para qué está ahí, ¿Es un robot? Venga, por favor, perdóneme. Escúcheme, por favor. ¿No me perdona? Muy bien. Haremos una cosa: Teclee “Ciberíada”. Stanislaw Lem. Y “Cántico por Leibowitz”, de Walter M. Miller. Y “Viaje al país de Orfir”, de Mijaíl Cherbátov. ¿Qué le sale? Oh, llevan siete años fuera. Uy, ahora que pienso, creo que los tengo yo. Qué fastidio. Seguro que hay mucha gente muriéndose de ganas por leer esos libros, qué pena. Mire, le propongo algo: Si quiere recuperar cuatro libros, perdóneme la multa, de lo contrario, en cuanto llegue a casa, empezaré a arrancarles las páginas, una a una, a esos tres libros. Despacito, raaaas… (imitando la rotura de una página con sádico placer).

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Mejoraré la puntería


ANABEL:  ¿No puedo pedir una segunda oportunidad? Que desee una segunda oportunidad no significa que no quisiera a Manuel. ¡Claro que le quería, qué pregunta es esa! Una se casa con el hombre al que quiere. Y yo le quería. Le quise desde el primer día. Me enamoré de él nada más verlo. Recuerdo el día en que lo conocí: Fue cuando llegué a este pueblo. Acababa de bajar del tren. Salí a la calle arrastrando mi maleta y allí había ocho o diez taxis esperando. Y elegí el suyo. Qué puntería, verdad. Sí, sí, no sonría, eso es puntería: Diez taxis y elegí el suyo. No sé si buena o mala pero fue puntería… Porque nada más subir a su taxi supe que aquel era el hombre con el que me quería casar. Y nos casamos. Y nos juramos fidelidad, “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe”, nunca olvidaré esas palabras resonando en la iglesia, nunca olvidé ese juramento sagrado. Nos vinimos a vivir a esta casa, tan apartada, en medio de la naturaleza, como a él le gustaba. Y yo le quise siempre, sí señor, todos los días le quise… a pesar de que él empezara a olvidar, con las semanas, darme aquel beso de buenos días que tanta falta me hacía; le quise todos los días aunque, con los meses, nuestras conversaciones fueran cada vez más cortas; le quise, juro que le quise en todo momento aunque, con los años, acabáramos compartiendo sólo el rato del desayuno, cuando él volvía del turno de noche y se traía consigo ese extraño olor a sudor y perfume barato. ¡Claro que le quería! ¡Siento terriblemente su pérdida! Hice lo que pude por evitarla. ¿Qué habría hecho usted en mi lugar? Por más que lo pienso no veo manera de culparme: Era un domingo gris y me levanté tarde. Oí ruidos fuera. Salí y lo encontré en el suelo con ese perro horrible encima. El animal le estaba mordiendo el cuello. Cogí la escopeta de caza y disparé. Y le volé la cabeza. Y el perro se fue.

Dios no obliga a saber disparar, señor. Dios obliga a querer. Y juro que le quise, ¡claro que sí!, le quise “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta”… hasta… hasta aquel domingo. La próxima vez –si hay próxima vez, señor-… tendré mejor puntería… sí, señor.

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¿Señorita?


Gloria lleva media hora encerrada en un ascensor y, no obstante, se la ve extraordinariamente tranquila, feliz. Habla por teléfono con dulzura, sin borrársele la sonrisa de los labios, como si estuviera contándole intimidades a una amiga. Mientras habla, se abrocha lentamente los últimos botones de la blusa.

GLORIA:  Señorita, soy yo otra vez. La llamé hace media hora porque, verá, estoy en un ascensor del número 215 de la calle Juan XXIII, que se ha quedado detenido entre dos plantas. Si, la llamé hace media hora, ¿recuerda? No, no, tranquila, era sólo para comentarle que aún no ha venido nadie y me preguntaba si tardarían mucho esos operarios de emergencias que usted dijo. Sí, antes dijo que, en quince minutos, estarían aquí. No se preocupe, tranquila, lo único que ocurre es que este sitio, realmente, es bastante pequeño y empieza a resultar un poco claustrofóbico. Luego, además, tengo una reunión importante en el último piso y, a esta hora, han empezado sin mí. He intentando llevar la reunión desde aquí, pero es imposible. Tengo toda la documentación arriba, los informes, las presentaciones, todo, ¿sabe? No, no tranquila, no pasa nada, me lo figuro, estas cosas tienen su tiempo, sólo quería saber… el caballero que se ha quedado encerrado aquí conmigo y yo sólo queríamos saber si está la cosa en camino ¿No nos han olvidado, verdad? Se acuerda de nosotros, nos tiene presentes… Bien… ¿Sí?… ¿En todo momento?… ¿Cámara? ¿Qué cámara? (Se abrocha el último botón de la blusa. Busca con la mirada, por un momento, una cámara en algún lugar del techo, de las paredes. Luego mira al hombre que tiene a su lado)

(Al teléfono, de nuevo) Mire, señorita, como no venga nadie a rescatarnos en menos de cinco minutos, le monto un pollo que se va a enterar. ¡Quiere darse prisa!… ¡Ha dicho cámara!